La tribuna estaba casi vacía. Como siempre, había llegado
dos horas antes. Tenía esa necesidad de ver el estadio sin gente. Le gustaba pensar que era su lugar, su casa. Aunque esa sensación durara
apenas un ratito.
Se encaminó hacia el codo, al lugar de siempre. Subió uno a
uno los escalones. Llegó y, tal como su rito lo indicaba, se besó la cadenita
que llevaba colgada en el pecho antes de sentarse.
Disfrutaba del sol. Cerraba los ojos y se dejaba cegar.
Pensaba en cómo iba a formar el equipo ese día. En cuánto iba a influir esa tarde la
ausencia de Cardoso, la gran figura del equipo. En la esperanza de conseguir un
triunfo que los acercara al líder, al que como en todos los torneos, corrían de
atrás.
Ya faltaba menos. La gente empezó a llegar y los murmullos
se hicieron más fuertes. Agarró la bolsa con los diarios de esa semana y los
cortó uno por uno. Estaba conforme con la cantidad de papelitos que tenía ese
día. No estaba ni cerca del récord que alguna vez había batido, pero era suficiente
como para él y para todos los chicos que siempre se acercaban para pedirle un
puñado.
Prendió la radio, como siempre justo una hora antes del
arranque. Escuchó las publicidades y se divirtió cantando un famoso single. Le
gustaban los análisis que realizaba Pérez Escoba, su comentarista de toda la
vida. Era inteligente, aunque a veces un poco repetitivo.
La gente seguía llegando.
- Migueeeeel! Cómo salimos hoy?
Le preguntaban como si el fuera un adivino. Es que confiaban en
su intuición. Raramente se equivocaba. Tenía un olfato único. Y además, se encargaba
de estudiar al rival. Sabía quién estaba enfrente. Lo suyo no era arriesgar por
arriesgar.
- Lo ganamos 2-0, con goles de Carrasco y Espinoza
Respondió con seguridad. Se tenía fe. Carrasco venía jugando
bien y siempre cumplía con su cuota goleadora. Y Espinoza estaba rápido. El
último partido había tirado dos diagonales perfectas al vacío y las dos habían
terminado en gol. Uno suyo y el otro de Sarabia de rebote.
Los arqueros salieron a entrar en calor. El Lungo Ringo era
gigante. Verlo desde la tribuna ya daba miedo. Una presencia imponente. Lo
aplaudió, como todos. Lo vio revolcarse para todos lados y pensó
que ese era el trabajo más importante de la tarde para el arquero, el
calentamiento previo.
En la radio seguían hablando del partido. De tanto en tanto,
el locutor se metía para vender. El auricular derecho se había roto, pero no iba a cambiarlo ahora que habían
metido cinco al hilo sin perder.
El Lungo se fue al vestuario. La tribuna estaba ya completa.
Los primeros cantitos empezaron a sonar. Volvió a besar la cadenita y se paró.
Cada vez que veía ese estadio lleno se emocionaba. Era su casa, hacía mucho
tiempo.
Se acomodó el cuello de la camiseta y elevó al cielo el rezo
de siempre. Los equipos ya estaban en la manga. Miró a su alrededor y sonrío.
Apretó con fuerza los muchos papelitos que tenía en la mano.
A los 84 años, Miguel estaba más vivo que nunca. Y cómo no
estarlo, si cada fin de semana durante por lo menos un par de horas, en ese estadio que era su
casa, escuchando la radio y disfrutando del sol, era el hombre más feliz del
mundo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario